cielo e infierno

Marcelo Molina

Un famoso samurái fue una vez a ver a un monje anciano.
—Monje —gritó el samurái, con la voz de quien está acostumbrado a que le obedezcan al instante—. Enséñame sobre el cielo y el infierno.
El monje miró al poderoso guerrero y le respondió con sumo desdén:
— ¿Que te enseñe sobre el cielo y el infierno? Nada puedo enseñarte. Eres un tonto. Eres indecente. Eres una deshonra, una vergüenza para la estirpe de los samuráis. ¡Fuera de mi vista! ¡No te tolero!
El samurái se puso furioso. Con el rostro enrojecido por la ira, incapaz de pronunciar una palabra, desenvainó su espada para matar al monje.
El monje miró al samurái fijamente a los ojos y le dijo suavemente:
—Eso es el infierno.
El samurái quedó paralizado, comprendió cuán piadoso era aquel monje que había arriesgado su vida para explicarle qué era el infierno.
Bajó la espada y cayó de rodillas ante él, lleno de gratitud.
Entonces el monje dijo, suavemente:
—Y eso es el cielo.

Respetando toda forma de creencia (no es mi intención polemizar aquí acerca de la existencia o no del cielo y el infierno), he comenzado este post contando esta antigua leyenda japonesa simplemente para poder reflexionar acerca de la presencia –en nuestro interior— de una fuerza pre-existente, que permanece oculta –hasta tanto la exteriorizamos—, y que revela una serie de creencias de base, que se transforman en acciones, y que son motivadas por un elemento provocador externo.

Esta fuerza interior (que podemos llamar también energía vital), cuando se exterioriza siempre conlleva unida a sí un compromiso, ya sea que estemos presentes o no a su exteriorización, ya sea que lo hayamos declarado o no, ese compromiso está.
Lo que muchas veces sucede, es que, al quedar atrapados en una emoción (como por ejemplo la ira, tal el caso del samurai) podemos cometer acciones de las cuales podemos arrepentirnos en el futuro, por no estar alineados con nuestros valores.

Sin embargo, hubo ahí un compromiso. Quizás no elegido, quizás no declarado, pero esa fuerza vital, transformada en acciones, fue direccionada por un compromiso.

En la medida en que vamos adentrándonos en las profundidades de nuestro ser, podremos observar esas creencias de base que dan lugar a la generación de esa energía vital que nos impulsa a cometer todos nuestros actos. Y podremos ser cada vez más responsables de nuestros actos, en la medida en que –fruto de la reflexión—, elija y declare para mí, qué es lo que quiero que pase en cada domino particular y en cada momento de mi vida.

La “vida moderna” exige de nosotros que cada minuto sea eficiente, efectivo, eficaz. La “vida moderna” no concibe la utilización del tiempo para “hacer nada”. Desgraciadamente para la mujer y el hombre de hoy que quiere vivir una “vida moderna”, no dispone del espacio y el tiempo necesario para la reflexión… Y así es que muchas personas suelen caer en actos irreflexivos, incongruentes con sus valores, inconsistentes con sus declaraciones, que viven quejándose de lo que les pasa y/o arrepentido por sus actos del pasado…

Te regalo algunas preguntas, por si eres una de esas personas que sí se da el tiempo para la reflexión, y tienes ganas de encontrarte unos minutos contigo mism@:

¿Cuáles son mis emociones recurrentes, que me quitan o cierran posibilidades?
¿Cuáles son las consecuencias de actuar bajo la influencia de esas emociones?
¿Cuál fue el compromiso para el cual actué de la manera que actué, y luego me arrepentí?
¿Qué me dio y qué me quitó esa experiencia?
¿Qué puedo “sacar en limpio” de esta reflexión?
¿Qué nuevo compromiso me gustaría elegir en un futuro, frente a una situación similar, que vaya en línea con mis valores y me deje en paz?

Termino este post compartiéndote otra antigua leyenda que “viene a cuento”:

Un discípulo le pregunta al maestro: ¿Cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno? El maestro le contestó: “Es muy pequeña, sin embargo tiene grandes consecuencias. Ven y te mostraré el infierno”.

Entraron a un inmenso sitio, en donde un grupo de personas estaban sentadas alrededor de un gran recipiente conteniendo arroz; todos estaban hambrientos y desesperados. Cada uno tenía una cuchara que llegaba hasta la olla, atada firmemente a su brazo. Cada cuchara tenía un mango tan largo que no podían llevársela a la boca. La desesperación y el sufrimiento eran terribles.

“Ven” dijo el maestro. “Te mostraré el cielo”

Entraron en otro lugar, idéntico al primero, con la olla de arroz, el grupo de gente, y las mismas cucharas largas, pero allí todos estaban felices y bien alimentados.

“No comprendo” dijo el discípulo.” ¿Por qué están tan felices aquí mientras son desgraciados en la otra habitación?”

El maestro exclamando con sorpresa dijo “¡Ah! ¿No te has dado cuenta?. Como las cucharas tienen mangos muy largos, no les permiten llevar la comida a su propia boca, pero aquí han aprendido a alimentarse unos a otros…”