¿como somos los venezolanos? i

René B. Boissiere Páez C.I.

¡Este es un pueblo hermoso!; ¡este un pueblo bueno!; ¡este es un pueblo noble!; ¡este es un pueblo sano!; ¡este es un pueblo sin complejos, sin prejuicios, hospitalario y acogedor!; ¡este es un pueblo solidario!; ¡este es un pueblo alegre!; ¡este es un pueblo con mucha chispa y con un gran sentido del humor, pues de todo hace un chiste…hasta de sus males y desgracias!; ¡este es un pueblo honrado y trabajador!; ¡este es un pueblo con madurez política, y “…el pueblo nunca se equivoca…”!; ¡este es un pueblo democrático, un pueblo que ama la democracia y la libertad!; ¡este es un pueblo pacífico!; ¡este es un pueblo que olvida rápidamente!: estas y otras muchas afirmaciones, palabras más…palabras menos, las he leído y se las he oído decir, desde mis ya lejanos tiempos mozos, a los políticos del estatus democrático de nuestro País, así como también a psicólogos, sociólogos, antropólogos, politólogos, analistas políticos, intelectuales de las más diversas ramas artísticas y literarias, economistas… Ante los ojos de todos, resultan contundentes las evidencias de la veracidad de algunas de estas afirmaciones, mas no así de otras debido a la subjetividad y relatividad de los juicios que encierran y porque implican conductas no mensurables. Con estas afirmaciones, que son las que acuden de inmediato a mi memoria, no pretendo agotar todas las apreciaciones que han hecho y continúan haciendo las personas de talante democrático sobre la conducta colectiva de nosotros, los venezolanos, ni el orden en el que las he señalado obedece a un sondeo de opinión o a estudio alguno o trabajo académico sobre la venezolanidad o el etos (ethos) venezolano. He reseñado, simplemente, las que creo han sido y son las más frecuentes, puesto que, al pensar sobre el asunto, son las que me llegan pronto desde mi retentiva visual y auditiva. Exceptúo de la reseña las acuñadas por el chavimadurismo y la revolución bolivariana, pues sobran las evidencias antidemocráticas de su discurso político, de las gestiones de sus dos administraciones de gobierno y de las ejecutorias de todas las instancias de poder que controlan y, por lo tanto, no vienen a colación con el planteamiento central de este escrito y porque,

desde nuestro modesto punto de vista, el chavimadurismo, la revolución bolivariana, el socialismo del siglo XXI – y, por supuesto, las adjetivaciones maniqueas con las que han etiquetado a los pro y a los contra – son resultados y no causas de esta realidad perversa, insolente y esquizofrénica que nos abofetea y vapulea todos los días. Los males y problemas del presente tienen sus raíces en las tres últimas décadas del siglo pasado, vale decir, durante el período de la ¿vigorosa vigencia? de nuestra democracia de la Cuarta República. Las aclaratorias hechas con relación a las afirmaciones que encabezan esta disertación resultan necesarias para precisar el foco y ubicación cronológica y política del planteamiento que quiero formular y el que, desde hace muy poco tiempo para acá – lo confieso honestamente – me revolotea en mis neuronas, me plantea una serie de dudas y me inquieta, porque supone, de hecho, un auto-cuestionamiento, el cual asumo con toda responsabilidad, sin tapujos, sin posiciones acomodaticias, sin la ambivalencia moral de un Pilato ni los aires de reivindicación moral del hombre justificado del cuento de Uslar Pietri, pues yo mismo he hecho estas afirmaciones tanto en conversaciones baladíes con familiares, amigos e interlocutores ocasionales, así como en las aulas de clase y en las tertulias con mis colegas universitarios…Si las hice, fue porque me las creí y porque, sin duda, las tomé a la ligera por ser parte del discurso político y conversaciones de la cotidianidad, porque irresponsablemente no advertí lo que implicaba aceptarlas como tales y repetirlas sin reparar en ellas ni en su correspondencia o no con la verdad. Pero, y ésta es la primera parte de mi planteamiento: ¿son ciertas todas estas afirmaciones?; ¿creemos firmemente que se corresponden con nuestra realidad?; ¿no obedecerán muchas de ellas al decir popular, esto es, al decir de las mayorías, o a lo que nos hemos acostumbrado a oír, a lo que aceptamos sin chistar por respeto al principio de autoridad o porque las damos como verdades de Perogrullo?; ¿las repetimos para seguir la corriente o para no hacernos antipáticos delante de los demás, es decir, por un cómodo y calculador populismo?; y, en resumen, ¿somos realmente así los venezolanos o tan siquiera parecidos? Y aquí va la segunda parte de mi cuestionamiento: si todas estas afirmaciones o al menos el 50% de ellas son ciertas: ¿por qué se vino a pique nuestra democracia; por qué la

hicimos víctima de los más implacables ataques; por qué nos abalanzamos sobre ella como lobos rabiosos sin darle oportunidad a la rectificación; por qué la cuestionamos como si hubiésemos estado todo el tiempo en la acera de enfrente, como si ella no fuese nada nuestro, como si la hubiesen construido y vivido seres provenientes de otra galaxia; por qué llegamos hasta a conspirar en secreto y en voz alta en contra de ella para que entonces llegara al poder un militar golpista, aventurero, resentido social e ignorante; por qué volvimos al militarismo negador del civilismo, al militarismo castrador de la institucionalidad democrática y…supuestamente ya superado?; ¿por qué llegamos hasta aquí?; ¿por qué no somos un pueblo civilizado y desarrollado, por qué esta miseria material, económica, social, cultural, moral y espiritual, por qué esta realidad caótica, sórdida y absurda que nos embarga y consume…?; en fin, ¿por qué no somos mejores o iguales que otros pueblos que no tienen ni siquiera la mitad de los atributos que, presumiblemente, nosotros sí tenemos? Si a las presuntas cualidades humanas de nuestro gentilicio les sumamos las bondades que posee esta tierra bendita por la gracia de Dios, resulta incluso más difícil entender qué nos ha pasado: ¿por qué no obstante la inmensa riqueza natural de Venezuela (particularmente minera); su privilegiada ubicación geopolítica (puerta norte de entrada a Sudamérica, sita a pocos kilómetros del Canal de Panamá y frente a la vertiente del Mar Caribe); su naturaleza geográfica y humana, al mimo tiempo caribeña y latinoamericana, que le permite una más fácil empatía con sus vecinos; su envidiable variedad geográfica (nueve regiones) y climática y, en consecuencia, de paisajes, condiciones favorables para el turismo; una población relativamente pequeña en relación con su superficie; su extensión territorial, mayor que la de todos los países europeos (excepto Rusia) y desarrollados; su holgada densidad demográfica; sus muchos kilómetros de costas y plataforma marítima (caribeñas y atlánticas); su gran riqueza hídrica, que le permite disponer de un inmenso potencial hidroeléctrico, importante y rentable producto de exportación; su considerable superficie de suelos cultivables y de ricos pastizales para la ganadería; una población y un territorio no sujetos a los exigentes cambios estacionales ni a constantes catástrofes naturales (huracanes, tornados,

tifones, volcanes, terremotos, inundaciones, avalanchas de nieve y de lodo…), por qué somos, sin embargo, un país subdesarrollado?; ¿por qué no somos una nación con altos estándares de vida; por qué no estamos entre las primeras economías y potencias del mundo? En fin, ¿por qué TODO ESTO?

Estoy consciente de que muchos habrán saltado de sus sillas cuando afirmo que…”…el chavimadurismo, la revolución bolivariana y el socialismo del siglo XXI – y, por supuesto, las adjetivaciones maniqueas con las que han etiquetado a los pro y a los contra son resultados y no causas de esta realidad perversa, insolente y esquizofrénica…-”, y habrán exclamado: “¡coño, este tipo está loco e bola, porque toda esta vaina es culpa del #%$&₡ de Chávez, del ignorante de Maduro y de toda esa cuerda de incapaces y corruptos…”. A despecho de los que así opinan, yo les respondo que se equivocan, que tienen razón solo en parte, porque la suya es una verdad a medias. Ciertamente los chavimaduristas son los actores principales de la tragedia que vivimos, ellos son los protagonistas de la trama, pero todos los demás formamos parte del elenco, pusimos el coro, la música, el vestuario y la tramoya para que Chávez montara su infame y burda opereta. Todos los venezolanos, salvo contadas y honrosas excepciones, somos por comisión u omisión y en mayor o en menor grado, corresponsables de TODO ESTO, de todo este tragicómico espectáculo, cuyo guion comenzamos a escribir desde la época del “¡¿cuánto hay pa eso?!, ¡ta barato, dame dos!, ¡a mí que me pongan donde haiga!, ¡como vaya viniendo, vamos viendo!”, y otras tantas expresiones muy reveladoras de ese pasado inmediato en el que se gestó este presente que sufrimos angustiosamente. Por lo demás, los chavimaduristas no vinieron de alguna de los billones de estrellas de Andrómeda, la mayoría de ellos vinieron de las bases adecas, copeyanas y/o masistas – cansadas de tantas inconsecuencias y mentiras, hartas de más de lo mismo, molestas por tanto olvido y tantas promesas incumplidas – o pertenecían a ese gran contingente de independientes que eran pro o que, simplemente para anotarse a ganador, terminaban votando masivamente por una de las dos primeras opciones políticas; en todo caso, vinieron de ese mismo pueblo del que venimos tú y yo…del cual venimos todos los

venezolanos, sin excepción. No podemos acudir al mismo irresponsable argumento, que tanto les criticamos, de buscar y de endosar a los demás las culpas de los propios errores y fracasos, amén de que con ello no resolvemos nada. Para comenzar el camino de la rectificación y del cambio que presumiblemente todos deseamos, debemos primero hacer un mea culpa, y no precisamente para expiar nuestras faltas y yerros, sino para no incurrir nuevamente en ellos.

A mi juicio, las respuestas a TODO ESTO están: en la discusión de cómo creemos ser, cómo nos vemos los venezolanos y, por supuesto, cómo somos realmente; en el análisis crudo y desprejuiciado de qué es lo bueno y lo malo que tenemos como seres humanos y como País; en el examen, sin intereses subalternos, de cuánto de lo que disfrutamos como logros y reivindicaciones sociales obedece a legítimos derechos y a razonables aspiraciones de los ciudadanos o, por el contrario, son una distorsión de lo que en justicia y por sana lógica nos debe brindar el Estado, un Estado Democrático; en la definición de hasta dónde, razonablemente, llegan las obligaciones del Estado para con los ciudadanos y cuáles de ellas deben correr por cuenta y responsabilidad de los mismos; en el análisis honesto y objetivo de qué y cuánto hemos hecho de positivo y negativo por nuestra Patria, y de qué y cuánto estamos dispuestos a hacer por ella; en la decidida intención de sincerar hasta dónde hemos estirado y pretendemos seguir estirando nuestra democracia o, lo que es lo mismo, establecer, claramente, el deslinde entre derechos y facilismo, entre democracia y populismo.

He leído y oído decir a analistas políticos, psicólogos, sociólogos, intelectuales y otros profesionales universitarios – entre ellos respetables y apreciados compañeros de trabajo y amigos – que la oposición debe construir un nuevo discurso político, no electoral ni electoralista, un discurso de inclusión, uno que convenza a los ni-ni y atraiga a los sectores chavistas descontentos, uno que contenga una alternativa, una propuesta distinta, que no gire en torno a los mismos ejes del discurso oficial ni insista en los del ya agotado repertorio de la democracia de la Cuarta República (desarrollista, economicista,

estatista, petrolera, rentista, proteccionista, centralista, presidencialista, partidista…).

Perdónenme la inmodestia, ¿pero acaso servirá parte de lo que he planteado para nutrir y darle cuerpo a ese nuevo discurso, a esa nueva propuesta?; ¿se atreverán, con valentía y sin temor a perder popularidad y votos, los políticos de este País, y sobre todo los que tienen aspiraciones a los diversos cargos de elección popular, a decirnos a los venezolanos la verdad de lo que somos, de lo que hemos hecho o dejado de hacer, así como de lo que deberíamos ser y deberíamos hacer; serán lo suficientemente honestos para decirnos a lo que debemos renunciar y a las cosas a las que, en sana lógica, no debemos ni podemos aspirar los venezolanos? Creo firmemente que si no llegamos a abordar sincera y valientemente estos temas ni a dar esta discusión abierta y sin prejuicios, entonces no tendremos futuro, vale decir, una nueva alternativa, una nueva posibilidad, una nueva realidad…seguiremos en el mismo sitio, seguiremos rumiando los mismos problemas, los mismos conflictos…y seguiremos dejando el cambio deseado como calistenia intelectual, pues estamos sumidos como en un sueño interminable – tal vez sería más apropiado decir como en una pesadilla – de donde no queremos salir ni nos atrevemos a despertar…porque allí, a pesar de todo…nos sentimos cómodos y seguros, sin perder posiciones ni renunciar a nada de lo que tenemos, protegidos contra el reto de lo nuevo y de lo distinto.

NOTA: En próximas entregas seguiré tratando el tema con el señalamiento de asuntos puntuales sobre algunas de las interrogantes que he formulado.

Valencia, mayo de 2015.

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