cuidado con la superficialidad

Carlos Mora Vanegas

“La precipitación y la superficialidad son las enfermedades
crónicas del siglo”. Aleksandr Solzhenitsin

    Hay que saber aprovechar la oportunidd de
vida que se nos ha dado, identificarnos con todo aquello que nos incremente
nuestra sabiduria, que realmente nos ayude acrecer y a cultivar nuestro espiritu
mientas se nos permite estar.

   Sobre la importancia de no dejarse
atrapar  por la superficialidad, comenta
Miguel A. Fuentes, que l concepto de superficialidad está ligado estrechamente
al conocimiento y al juicio. Ordinariamente el conocimiento del superficial es
insustancial, sus opiniones triviales y sus juicios infundados. La persona
superficial es la que no “penetra”, no por incapacidad, sino por desinterés,
más allá de la superficie. Si se tratase de una incapacidad natural tendríamos,
en realidad, al “romo”, es decir, al de entendimiento obtuso y sin punta. Este
es superficial por un tope natural, y, como tal, no tiene culpa de su límite.
En cambio, la verdadera superficialidad tiene algo de pecado, de renuncia a una
capacidad que no se quiere usar por una de dos razones: o pereza o sensualidad.
La superficialidad, ante todo, se corresponde en buena medida con el vicio de
la curiosidad, si consideramos el objeto intelectual sobre el que esta recae,
que es la apariencia de las cosas, la noticia fugaz y brillante, y, en suma, lo
superfluo, intrascendente e innecesario . Desde esta perspectiva, superficial
es la persona que solo se queda en la epidermis de las cosas y de las personas.
Le interesa el chisme y el comadreo, pero no el drama humano que estos
trasmiten; y quizá por eso mismo ahonda, sin darse cuenta, el infortunio del
que hacen corrillo. Porque el curioso y chismoso incurre habitualmente en el
pecado de difamación (si transmite verdades que manchan la honra ajena) e
incluso en la calumnia (si hace circular falsedades); en ambos casos, si esto
perjudica seriamente la fama al prójimo, bastaría para constituir una
injusticia grave y, por tanto, un pecado mortal. Por eso dice san Pablo que
estos vicios, que abundarán en los últimos tiempos, son propios de los que “no
son capaces de llegar al pleno conocimiento de la verdad”). De los que los
practican hay que guardarse mucho .

El
superficial, agrega la fuente mencionada  respecto de las cosas, solo percibe lo
aparente, lo inmediato, pero se le escapa la esencia, que permanece inabordable
para él; respecto de sí mismo, vive en la cáscara, volcado hacia afuera; por
eso suele ser extrovertido y, como tal, comprador, simpático, atractivo. Pero
se ignora a sí mismo, no se conoce a fondo, ignora sus verdaderas cualidades y
sus defectos capitales. La persona que padece de superficialidad tampoco conoce
verdaderamente a los demás, aunque crea tener de ellos ideas claras. De todo
tiene una noción vaga y trivial.

  No hay que olvidar, que   la
superficialidad se traslada a ámbitos de la personalidad en distintas formas:
Con la superficialidad se relacionan diversos vicios, unos como se manifiesta como inconstancia y
volubilidad en la voluntad; como capricho en los afectos; como puerilidad en el
humor; como debilidad en las resoluciones; frivolidad en el trato; y, a menudo,
como sensualidad e incluso desenfreno. sus causas, otros como sus
consecuencias. Entre los más destacados señalemos la imprudencia, la
mediocridad, la tibieza, la banalidad y la pereza.

  Definitivamente opina Fuentes, la
superficialidad puede afectar cualquiera de los planos de la personalidad: la
inteligencia, la voluntad y los afectos. Por lo general estos defectos no se
dan todos juntos en una misma persona, lo que constituiría un portento de
superficialidad. Algunos renquean de un pie y otros del otro. Pero basta que
descubramos esta tara en alguna de nuestras dimensiones para que tengamos
suficientes motivos para ponernos serios y meter manos a la obra reparadora.
Porque la superficialidad no combatida gana paulatinamente terreno en nuestro
carácter, y sus rasgos se alternan, se suman y se combinan, pudiendo concluir
por adueñarse de todo nuestro ser.

 En su analisis, Fuentes hace referencia a un
topico intersante como,  es el de la superficialidad
y la emotividad,  al respecto opina, que
emotivamente el superficial es la persona tornadiza, voluble e inconstante.
Actúa como las mariposas que se posan en cada flor solo un instante para saltar
a otra al momento siguiente. Sus afectos son explosivos, imprevistos, pero se
apagan rápidamente. Es simpático para quien lo trata pasajeramente, pero
resulta deprimente cuando se espera de él algo serio.

Por
la superficialidad una persona dificultosamente ama en el sentido más propio de
la palabra, porque el amor verdadero implica una entrega total, estable,
permanente y sacrificada. En cambio, el superficial puede ser muy enamoradizo.
Y su enamoramiento puede tener o bien visos románticos o cargados de tinte
sexual. Nuevamente el emblema es, aquí, el “Don Juan”, pues el conquistador es
la persona que entiende el amor como una actividad trivial, casi como una
distracción o un deporte. Por 12 supuesto, hasta que se vuelve enfermedad y
adicción, lo que suele ocurrir con cierta frecuencia9 . En muchos casos, el
superficial constituye

El
ingenio del superficial puede ser agudo, indica Fuentes,  pero también es desubicado, es decir, fuera
de lugar; e incluso puede ser ofensivo (quizá sin pretenderlo; más bien por la
falta de recato). Otra forma en que se expresa la superficialidad es la prisa y
la impaciencia con cuanto exija tiempo y maduración. El superficial es, en
esto, hijo de la civilización de lo inmediato, del “¡ahora mismo!”. Adolece de
la moderación y pausa que requieren los asuntos de peso. Es un hombre inquieto,
sin la calma del aplomado. Suele estar en constante movimiento, empezando
numerosas actividades, y terminando muy pocas de ellas. Este tipo de personas
se compromete con muchas tareas, manifestando un verdadero pánico al silencio y
a la quietud. Ha perdido, si alguna vez la tuvo, la capacidad del “ocio”,
necesaria para la vida intelectual, es decir, de la serenidad y la pausa para
la meditación de los grandes asuntos. Otra manifestación de la superficialidad
es la insatisfacción, que deriva de la dificultad para el gozo auténtico. A la
persona superficial le cuesta el “reposo del espíritu” y la contemplación.

Por
ultimo,  es importante considerar, como
lo comenta Fuentes, que la mayoría de las veces, la superficialidad nace de la
falta de austeridad en la vida. La vida en la que priman los sentidos es,
evidentemente, una vida que privilegia las sensaciones; es decir, un volcarse
hacia lo exterior, con detrimento del mundo interior del espíritu.

La
superficialidad es un notable obstáculo para la vida intelectual, moral y
espiritual; y, sobre todo, para la conversión. Porque el superficial se resiste
a todo cambio profundo, y siente tedio por todo trabajo verdaderamente interior
que exija un esfuerzo prolongado y tenaz.

 *Fuente debidamente especificada

 Exatec- Egade

 Docente de postgrado, Faces. UC.

carmorvane@gmail.com