el tao de la ecologÍa la ecologÍa es emocional

ECOLOGÍA CONTEMPLATIVA

EL TAO DE LA ECOLOGÍA
LA ECOLOGÍA ES EMOCIONAL

Fecha de publicación: 1-07-2014

Revista: The Ecologist para España y Latinoamérica

Afortunadamente, la “biblia” del ecologismo, «El Tao de la ecología», la obra maestra del desaparecido Edward Goldsmith, vuelve a estar disponible.  Lo podréis encontrar en www.theecologist.net. De esa obra imprescindible extraemos uno de sus capítulos, que nos urge a tener una relación con la Naturaleza emocional y no “científica”, capítulo muy adecuado para este monográfico dedicado a ecología contemplativa. Goldsmith le pide a la sociedad que vuelva a tener una relación con la Naturaleza surgida de sus sentimientos, de sus emociones, y no de consideraciones científicas y/o económicas.

Los naturalistas del siglo XIX no tenían vergüenza de ser emotivos en sus descripciones de la naturaleza. Esto es particularmente visible en el gran geólogo y naturalista alemán Alexander von Humboldt. Charles Darwin, admirador de Humboldt, se refirió a las selvas de Brasil en el mismo tono, en una carta al profesor Henslow: “Aquí vi por primera vez una selva tropical en toda su sublime grandeza… sólo la realidad puede darnos una idea de cuán maravillosa y magnífica es… Antes admiraba a Humboldt, ahora prácticamente lo adoro; sólo él transmite alguna noción de los sentimientos… cuando se interna por primera vez en el trópico”. (Darwin C., 1952, p. 39 cit., Worster, 1977, p. 137).
Esto está muy lejos de la aproximación distante, impersonal, “objetiva” de los científicos actuales, para quienes, en palabras de Donald Worster, la selva tropical no es sino: “Un recurso a cartografiar y disecar, cuyos componentes se clasifican y catalogan, cada vez más, para beneficio de alguna organización que sólo se interesa en su potencial utilitario” (Worster, 1977 p. 137).

CIENCIA MODERNA
La ciencia moderna ha prohibido las emociones. Es la consecuencia inevitable de decretar que el conocimiento científico debe ser objetivo, un decreto vano, pues el ser humano, por su propia naturaleza, es incapaz de producir conocimiento objetivo, del  mismo modo  que es incapaz de suprimir efectivamente sus emociones. Michel  Polanyi (Polanyi M. 1978, p. 134) habla del “abrumador regocijo que sienten los científicos cuando hacen un descubrimiento, un regocijo que sólo un científico puede sentir y que sólo la ciencia puede evocar en él”. Cita como ejemplo el júbilo de Kepeler al descubrir su Tercera Ley: “Nada me retiene -escribió-. Daré rienda suelta a mi furia sagrada”.
Los científicos exhiben el mismo grado de pasión en sus diatribas contra quienes atacan sus creencias o amenazan su “estructura cognoscitiva”. Contra estos críticos se han montado verdaderas cazas de brujas, comparables a las que la Iglesia medieval dirigió contra los partidarios de las nuevas herejías. Tomemos como ejemplo la caza de brujas desatada contra Rachel Carson, quien se atrevió a sugerir que los pesticidas sintéticos, cuyo desarrollo en la década del cuarenta era considerado uno de los grandes logros científicos del momento, provocaban más daños que beneficios y deberían ser dejados de lado (Carson; 1962, cit., Graham, 1980, p.75). El mensaje de Rachel Carson resultó sin duda muy subversivo y mucho más de lo que los científicos podían asimilar: la reacción fue rápida y virulenta. William B. Bean escribió en Archives of Internal Medicine que, desde un punto de vista científico, Primavera silenciosa era un cúmulo de “patrañas” (Bean, cit., Graham, 1980, pp.75-77). Los límites del crecimiento (el primer informe del Club de Roma escrito por Donella y Dennis Meadows) (Ver Medows, 1972) también encendió las hogueras. Fue denostado por Nature y Science, las dos principales revistas científicas del mundo de habla inglesa, y por Lord Zuckerman, por entonces director de ciencias del gobierno británico, como “especulación arbitraria” e “insensatez” (Ver Zuckerman, 1972).

LA HISTERIA CIENTÍFICA
La reacción del mundo científico al herético libro de Immanuel Velidowsky, Ages in Chaos, fue aún más histérica, según lo ha documentado Harold Brown (Brown, 1979, p.162). Entre otras cosas, hubo un esfuerzo concertado para forzar al editor a retirar el libro de circulación. Los científicos escribieron numerosas cartas airadas a la editorial y boicotearon a sus vendedores y libros de texto. El ataque fue tan poderoso, que la editorial tuvo que ceder a pesar de que el libro era uno de los más rentables. Ésta no parece ser la forma en que los científicos verdaderamente objetivos deberían reaccionar ante la publicación de un libro que disiente de sus teorías. Más bien es la reacción altamente emocional de gente histérica que sentía que el disentir de un autor de las teorías establecidas por la clase científica amenazaba con socavar las doctrinas científicas con las cuales se hallaban comprometidos profesional y psicológicamente. La verdad es que no está en la naturaleza humana comportarse de forma no emocional, lo cual es una de las razones por las que el ser humano es incapaz de elaborar conocimiento objetivo o comportarse de manera racional. Quienes están comprometidos 
con el paradigma de la ciencia ven esta insuprimible emocionalidad humana como una terrible falla. Algunos llegan incluso a atribuirla a un defecto de nuestra evolución neuropsicológica que no ha permitido que nuestra neocorteza cerebral, asiento de la inteligencia, domine nuestro primitivo cerebro reptiliano, asiento de las emociones. Arthur Koestler considera que esta terrible carencia evolutiva sólo puede remediarse mediante el sometimiento sistemático del ser humano a alguna forma de quimioterapia (ver Koestler, 1967, pp. 267-312). Sin embargo, la supresión de las emociones humanas significaría el eclipse de los valores que se hallan estrechamente asociados con ellas, la espiritualidad, la capacidad de cantar y bailar, reírse y llorar, amar y odiar, en definitiva, de todo lo que lo hace humano. Hay una pretensión de hacer el cerebro humano más racional y maquinal, más apto para el aberrante, artificial y necesariamente efímero mundo que la tecnociencia al servicio de ejércitos, empresas y estados ha contribuído a crear.

COSIFICACIÓN Y DESTRUCCIÓN
Hasta cierto punto, el ser humano puede aislarse, según la expresión de Sigmund Freud, de sus emociones y separar “la cognición del afecto” (Freud, 1953, cit., Nandy, 1983, p.202). Freud veía esto como una “defensa del yo” o, en palabras de Ashis Nandy, “un mecanismo psicológico que ayuda a la mente humana a lidiar con impulsos inaceptables o ajenos al yo y amenazas externas” (Nandy, 1983, p. 206). Implica tomar distancia emocional de una situación o hecho que para un ser humano de emociones normales resultaría intolerable. Bruno Bettelheim observa que esta “distancia es un artificio psicológico que tanto la víctima como el victimario deben usar (Bettelheim. B., 1979, cit. Nandy, 1983, p.206). Es precisamente reducir la víctima a un objeto que el victimario puede tratarla en forma inhumana, razón por la cual Aimé Césaire equipara colonialismo con “cosificación” (cit. Nandy; 1983, p.206).
Los científicos comprometidos con el diseño de instrumentos de destrucción masiva, como las bombas nucleares, también deben ser capaces de tomar distancia emocional. Robert Jungk describe su encuentro con un matemático durante su última visita a Los Álamos. Su rostro estaba iluminado por una sonrisa casi angélica. Su mirada parecía contemplar un mundo de armonías.  Más tarde me contó que estaba pensando en un problema matemático cuya solución era esencial para la construcción de un nuevo tipo de bomba H (Jungk, 1958, cit. Vistanathan en Nandy, 1988, p.13). Jungk agrega que este científico jamás se tomó la molestia de presenciar los ensayos de las bombas que había ayudado a producir. Para él, “la investigación para la producción de armas nucleares era matemática pura, sin mácula de sangre, veneno o destrucción”.

LA ECOLOGÍA QUE NECESITAMOS
Sin embargo, ¿acaso el matemático Jungk es tan insensible como parece? Indudablemente no. La educación científica no suprime las emociones, sino que meramente desplaza su objeto. En vez de enseñar a las personas a sentir emociones respecto de su familia, su comunidad, su cultura tradicional, su espiritualidad y la belleza de su entorno natural, se les enseña a emocionarse con la empresa científica y el mundo artificial que ésta crea. El apego emocional de un científico con su trabajo tampoco resulta irrelevante para sus logros. Polanyi observa que “las pasiones científicas no son solamente un efecto psicológico secundario”, sino que constituyen una función lógica que aporta un elemento indispensable para la ciencia: “Las pasiones cargan de emoción a los objetos, tornándolos repulsivos o atractivos, las pasiones positivas afirman la preciosidad de algo” (Polanyi, M.,1978). De esto se desprende que “la excitación de los científicos que hacen un descubrimiento es una pasión intelectual, que hace que algo sea intelectualmente precioso, más precisamente, precioso para la ciencia”. Del mismo modo podríamos argumentar que las cazas de brujas lanzadas por la comunidad científica contra los que amenazan la credibilidad de la empresa científica también son “preciosas para la ciencia”.
La ecología que necesitamos no es la ecología que supone ver la ecosfera de la que dependemos para nuestra supervivencia con distancia y desapego científico.
No salvaremos nuestro planeta con una decisión consciente, racional y carente de emociones ni con la firma de un contrato ecológico con él en base a un análisis de costos y beneficios. Se necesita un compromiso moral y emocional. Más aún, una de las tareas cruciales de la ecología debe ser reorientar nuestras emociones a fin de que cumplan el papel para el cual fueron diseñadas y contribuyan a la preservación de orden crítico de la ecosfera.

Edward Goldsmith

OPINIÓN
NI DE DERECHAS NI DE IZQUIERDAS 
A principios de los setenta, algunos líderes de grupúsculos comunistas, llevados por la miopía de una visión politizada del mundo, quisieron encontrar “sospechas” de pensamiento “religioso” en la obra y el quehacer activista de Edward Goldsmith. Algunos le acusaron, incluso, de pertenecer a una especie de nueva derecha inquisitorial y retrógrada. Y todo porque el fundador de The Ecologist señalaba que no había ecología profunda sin espiritualidad esencial. ¿Tan grave es eso? Pero si hoy lo reconoce todo el mundo… Sí, pero aquellos eran años en que o estabas  allí o estabas contra ellos. Hoy, afortunadamente, van cayendo algunos muros de incomprensión. Asociar ecología y espiritualidad no significa que seas acérrimo defensor de las proclamas de Rouco Varela, de la misma manera que ser aficionado al flamenco no significa ser franquista… Pero, ojo, lo que sí está claro es que la ecología no puede ser una ideología más: es una forma de entender el mundo, una manera de comprender la vida que no puede pasar por alto nuestras necesidades de carácter espiritual

EcoActivistas

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