mercosur transgénico

 Sergio Arancibia

Cuando se descubrieron las vacunas -que en su esencia consisten en inyectar en el torrente sanguíneo de un individuo elementos antígenos para obligar al organismo a reaccionar y generar anticuerpos frente a determinados elementos patógenos– la escandalera debe haber sido grande. Se estaba creando no solo algo novedoso, sino algo que rompía con los paradigmas científicos  -e incluso éticos y teológicos-  existentes hasta ese momento. Si eso mismo hubiera sido planteado un par de siglos antes, sus propiciadores hubieran  sido acusados de brujería y hubieran  terminado quemados en la hoguera. Algo parecido debe haber sucedido cuando se descubrió la penicilina, en particular, y los antibióticos en general -generados a partir de la fermentación de organismos vegetales– pues era algo extraño y  desconocido que modificaba el funcionamiento del organismo humano y que generaba defensas que no estaban necesariamente inscritas en la lógica interna del sistema corporal del individuo.

Con los alimentos transgénicos creo, está sucediendo algo similar. Los alimentos genéticamente modificados consisten en especies vegetales o animales en las cuales se han modificado algunos de los genes que componen desde hace siglos la cadena genética de esa especie y que le concede, en última instancia, su  especificidad o  individualidad. Esa modificación les permite adquirir cualidades o características que son útiles desde el punto de vista de las necesidades humanas: mayor producción por unidad de superficie, mayor volumen de cada unidad producida, mayor resistencia al frio, o al calor, o a ciertas plagas, etc.   Técnicamente, al alterarse el mapa genético de la especie original -y reemplazar uno o más de sus genes por genes provenientes de otras especies- se está creando una especie genéticamente nueva.

Los que creen en el equilibrio eterno de la naturaleza, critican esta creación de nuevas especies, pues alteran los equilibrios existentes sin que se sepa cómo será el nuevo equilibrio resultante. Los que creen en un equilibrio más  bien de carácter teológico, postulan que se está violando y desorganizando el orden creado por Dios, pues se está incursionando en el campo de la creación de vida -aun cuando de la vida de animales o de plantas– que es, en cualquier caso, un terreno peligroso. Otros, más mesurados, plantean sus dudas sobre las consecuencias que los alimentos transgénicos pueden tener sobre el organismo humano, pues se le induciría a ingerir especies animales o vegetales con un mapa genético diferente a lo que han ingerido durante varios miles de años.

Hasta ahora, no se han podido detectar consecuencias negativas de los alimentos transgénicos sobre el ser humano. Por lo menos, no más negativas que cualquier otro producto animal o vegetal de consumo corriente. Pero los efectos sobre el medio ambiente sí que parecen innegables: alteran la vida de las plantas y de los insectos que viven en los alrededores de las zonas donde se han plantado productos transgénicos. Otro aspecto importante de todo este debate, es el relacionado con los agentes económicos que se benefician con la difusión de los productos transgénicos. Hay tres grandes empresas trasnacionales –Monsanto entre ellas- que se han convertido en líderes en la comercialización de las semillas que se necesitan para este tipo de productos y de las cuales no se puede dejar de depender una vez que se entra en esos circuitos.

En el mundo en su conjunto, se calcula que hay actualmente 150 millones de hectáreas plantadas con productos genéticamente modificados. Entre Brasil y Argentina suman aproximadamente 50 millones de hectáreas. Paraguay posee 2,6 millones de hectáreas bajo esas condiciones y Uruguay 1,1 millones de hectáreas.  Esos cuatro países están en el listado de los diez países que, en mayor medida, siembran cultivos transgénicos en el mundo, en el cual se encuentran también India, Canadá, China y Sudáfrica; y que se encuentra encabezado por Estados Unidos. Mientras en otros países se debaten en largas discusiones filosóficas, económicas, ecológicas y teológicas -e incluso prohíben la producción y comercialización de productos transgénicos- en los cuatro países originales del  Mercosur se avanza tan rápido como se pueda en el uso de ese tipo de productos, fundamentalmente en lo que dice relación con la producción de soya y de maíz, que se venden, posteriormente, a los países que se entretienen discutiendo al respecto.

Hay todavía mucha investigación científica que se hace necesaria en relación a los productos transgénicos, pero es indudable que es una veta que abre grandes posibilidades a la humanidad para efectos  de incrementar la producción agropecuaria y alejar los espectros del hambre y de la desnutrición. Cerrarse a esos estudios es como cerrarse a las vacunas o a los antibióticos.

Blog: sergio-arancibia.blogspot.com