volvedr a lo sagrado con los ojos de un nino

ECOLOGÍA CONTEMPLATIVA

Fecha de publicación: 1-07-2014
Revista: The Ecologist para España y Latinoamérica
Pedro Burruezo, en este texto emocionado, nos urge a que volvamos a ver el mundo con los ojos de un niño. Una ecología contemplativa pasa por desaprender lo aprendido. Pasa por volver a ver el universo bajo el prisma emocional, intuitivo, sin la lacra de las ideologías y de la cultura impuesta por los medios, la escuela o la ciencia.Una de las definiciones de ecología profunda es “la ecología caracterizada por un enfoque holístico hacia el mundo, que une pensamiento, sentimiento, espiritualidad y acción. Trata sobre cómo trascender el individualismo de la cultura occidental para vernos a nosotros mismos como parte de la tierra, lo que nos lleva a una conexión más profunda con la vida, donde la ecología no es algo que pasa ‘alli afuera’, sino algo de lo cual formamos parte”. Lo que más me interesa de esta definición es el llegar a ver la vida “desde dentro”, y no desde fuera, que es lo que hacen los estamentos de la cultura tecnocientífica y lo que hacemos nosotros, una vez hemos asumido esos dogmas: el mecanicismo, el cientifismo, el antropocentrismo, etc. Esto no debería suponer una visión “luddita”, hostil a la tecnología y la ciencia. La ciencia y la tecnología son necesarias, siempre que cumplan el sagrado Principio de Precaución. Sin embargo, a poco que uno escarbe, se dará cuenta de en manos de quién están hoy la ciencia y el uso tecnológico: estados, empresas y ejércitos: el gran eje de lo pérfido.
LA PUREZAPara llegar a ver la vida “desde dentro”, desde lo más íntimo, será necesaria una actitud contemplativa sin ideologías. Aunque pensemos que somos “neutrales”, nuestra opinión y nuestra visión del mundo están “manchadas” por nuestra cultura. Hace falta desaprender gran parte de lo aprendido para volver a una visión radicalmente ecológica del universo, que, por supuesto, será una visión biocéntrica y desapegada de todo delirio antropocéntrico. Es necesario deseducarnos y, una vez que hemos vaciado el disco duro, volver a empezar, desde 0. Es imprescindible, para volver a ver el mundo como lo que realmente es, abrir nuestros ojos y nuestros sentidos como cuando éramos niños. “Educarnos en el asombro” es una expresión que considero apropiada para tal empeño. El bebé nace completamente integrado en el entorno natural. Hasta que no empieza a hacer mella en su espíritu la cultura, la contaminación de los medios de masas, la escuela convencional (y la otra), las ideologías de sus padres y de su entorno, su mente y su corazón se mantienen perfectamente puros. Volver a ser niños es del todo imposible, pero podemos ir quitándole capas a esa cebolla que nos enturbia la mirada de lágrimas sentimentaloides para volver a ver con claridad…
LA BELLEZAEl universo es un magma sagrado movido por una fuerza que nuestra razón no es capaz de comprender. Sólo nuestro corazón puede, desde el asombro, hermanarse y fundirse en esa fuerza indefinible, eterna, infinita… Formar parte de ella, lo que en términos sufíes han llamado los grandes maestros “la extinción”; lo que en términos budistas sería “la iluminación”… significa empezar a vivir en las antípodas de lo que es la vida del occidental medio en la actualidad, viva en Madrid, Nueva York, Bangalore, Tokyo o Singapur. Es decir, vivir arrastrado por el tsunami de amor, compasión y misericordia que irradia esa fuerza mayúscula. Nuestros primeros pasos, en ese sentido, tienen que estar encaminados a la contemplación, pues nuestros sentidos están ahí para ver, oír, saborear, sentir u oler. Pues es obvio que, si esos sentidos están ahí, por algo será. Los libros sagrados de las diferentes tradiciones nos dicen que el mundo está lleno de signos… Desde el principio de los tiempos, los hombres y mujeres que han aspirado a ver el mundo bajo ese prisma… han llevado a cabo las abluciones rituales que tienen, bajo el lado esotérico, la función (entre otras) de despertar nuestros sentidos a la Realidad verdadera, y no a la ilusión del mundo (maya). La práctica de la contamplación empieza por lo visible, pero es una visión que lo trasciende. La Belleza última es otra, pero empieza por la belleza que puedes ver, oler, sentir, saborear y oír. Tenemos nuestros sentidos embotados y ello nos impide conectar. Se ha visto a osos contemplar el amanecer. Y las gaviotas juegan con el viento. Los delfines gozan en sus viajes transoceánicos. Y hasta el cerdo disfruta y respira la alegría de vivir en el lodazal. ¿Qué nos pasa a los humanos que ya no sabemos descubrir la belleza del mundo? La cosificación del universo natural en base a códigos comerciales, cuentas de resultados, cifras de empleo, estadísticas de crecimiento o posibilidades energéticas, emborrona nuestra mente y nuestra percepción…
LA CONTEMPLACIÓNCon los sentidos podemos percibir el mundo que, sin duda, nos lleva a otro mundo, no imaginario, sino imaginal, que no es lo mismo. Para la percepción profunda tiene que haber contemplación. Y hay muchas formas de contemplar, pero, sin duda, todas tienen diversos nexos de unión. Hace falta una relajación. Hace falta una pretensión de ver más allá. Hace falta una intención de purificación. Porque la Naturaleza es en sí misma redentora. Su grandilocuencia nos hace ver cuán pequeños podemos llegar a ser, pese a que nosotros creamos lo contrario. Tal vez esa sea una de sus funciones: mostrarnos nuestra pequeñez. Un atardecer, el trueno, una tormenta, el infinito océano… Puede que todo ello esté ahí para que empecemos a pensar en dejar de ser océano y ser mar o, mejor aún, para que, siendo gota, seamos capaces de fundirnos con el océano y le contengamos por entero. Porque eso es justo lo que no pasa ahora. Vivimos en una dualidad constante. En lo que respecta al mundo natural, lo hemos desplazado totalmente de nuestras vidas, somos ajenos a él… Esto responde a la estrategia de estados y empresas de desapegarnos del verdadero mundo al que pertenecemos para que seamos capaces de agredirlo y sacrificarlo sin remordimientos. La contemplación puede llevarnos a ese estadio de retorno…
EL RITMO DE LA CIUDADCualquiera puede tener una experiencia contemplativa en cualquier momento y ser uno con la Creación. Pero es difícil que eso se lleve a cabo en nuestro quehacer cotidiano, porque la vida moderna conlleva todo lo contrario. Por otro lado, la ciudad también nos aparta del mundo natural. En una gran urbe, prácticamente nadie sabe ni siquiera por dónde sale el sol, no huele el mar, no conoce el rocío, siempre hace la misma temperatura (en Delhi, Jerez o Washington, los aires acondiconados siempre están a 21 grados, aunque queme o hiele ahí fuera). Es difícil conocer la contemplación en la ciudad, pero no es imposible. En nuestra actitud reside lo más importante. Aunque, claro, salir de la ciudad, encontrarse con la Naturaleza y con lugares de calma… favorece las cosas. Las personas de santidad de todas las tradiciones, en todas las épocas, han buscado el retiro espiritual en aquellos lugares, precisamente, donde la Naturaleza se mostraba en su mayor clímax… En cualquier caso, con ojos de niños las cosas cambian sus aparencias y sus significados. Así que el jardín de la casa de tu amigo puede ser una selva amazónica…
LA MÚSICANo quiero cerrar este artículo sin hablar de la importancia de la música, y en general de todas las artes efímeras, en su función de evocación de lo unitario y lo sagrado, del universo al que de verdad pertenecemos, la unidad y la unicidad de la que no deberíamos habernos separado nunca. La música tiene su origen en rituales sagrados cuya función primordial era despertar en el corazón del oyente su potencial espiritual y ayudarle a entrar en un estado no de modificación de conciencia, es decir de alteración, sino de conciencia genuina, pues es en este mundo moderno  que nuestra conciencia permanece alterada y de lo que se trata es de que vuelva a su estadio original. En ello, y en muchas otras cosas, la música tiene una importantísima función. Una letanía de Nusrat Fateh Alí Khan, un cante por seguiriyas de Fernando “Terremoto”, el “Adagio for strings” de Sammuel Barber, las “Variacions Goldberg” de Bach, la dulcísima voz de Sor Marie Keyruz… son, sin duda, pasaportes al otro mundo, en el que no hay diferencia entre nuestro cuerpo (el etéreo y el físico) y el cuerpo infinito, sagrado y eterno del cual formamos parte (el que vemos y el que no).
Pedro Burruezo
 
EL CAMINO…YO SÓLO QUIERO CAMINARHoy, salir a pasear a la Naturaleza hará que te topes con salvaslips, latas, bolsas, porquería de todo tipo… Aun así, vale la pena. Los grandes maestros espirituales fueron grandes caminantes. Los profetas fueron pastores y, por ende, conocedores de los secretos del camino/Camino. Y no hay tradición espiritual verdadera sin un viaje necesario, como el Camino de Santiago o el viaje a Mecca, siempre en la ruta de la búsqueda del centro axial del mundo para el que, más allá de las formas, está interesado en conocer los secretos de lo incognoscible. En la senda, el caminante encuentra el verdadero viaje, y, entre las rutas del bosque o del desierto, el iniciado encuentra los verdaderos paisajes, los paisajes del alma. Pues el mundo natural es un espejo teofánico en el que se refleja, para quien quiere y puede ver, el universo en su absoluta magnitud… El Buddha llegó a lo más hondo del bosque, caminando, para encontrar el lugar donde hallaría la iluminación… Somos un ente físico y nos urge unirnos con el mundo físico al que pertenecemos. Pero también somos un ente etéreo y nos urge unirnos a lo incorpóreo. Pero, en realidad, el que quiere profundizar en todo esto…. sabe que ambas conexiones forman parte de una única y unitaria Realidad.

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